pequeños milagros (au)
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pequeños milagros (au)
le dedico este fic a mi beta, Gabrielle de Lioncourt, por ser una buena amiga y por que solo tu puedes darle sentido a mis palabras n.n
Re: pequeños milagros (au)
Pequeños Milagros
Primer capitulo.- Como un granito de mostaza
Primer capitulo.- Como un granito de mostaza
-¡Camus!, ¿podrías envolver los regalos?, por favor- pidió una atareada mujer de cuarenta y cuatro años,
la cuál buscaba una escurridiza jeringa para inyectar el pavo entre las bolsas del mercado.
-Si, ya voy- respondió cansado al llamado; terminar de decorar el viejo y alto árbol de navidad
no era tarea fácil, y menos si se tenia que cuidar que el emo-tivo Hyoga no saturara su lado con esferas:
pero aún más difícil era lograr que su padre no rompiera mas de cinco de ésos esféricos adornos,
volviéndose una misión imposible si se agregaba el detalle de impedir que Isaac jugara con el nacimiento.
Pero el final, como todos los años, lograban obtener un magnífico árbol que rozaba el techo
con la dorada estrella ubicada en la punta de éste... sin que su padre se cayera en el proceso.
Éste ahora, cubierto por millares de luces en forma de estrellas que se reflejaban en docenas
de esferas rojas y metros de encaje dorado, exhibía debajo suyo a las figuras que
representaban los personajes bíblicos relacionados con la fecha, los cuales, increíblemente,
estaban ilesos…con excepción de un rey mago decapitado.
-¿Por qué siempre yo?- Se quejó mentalmente; no era que no le gustase envolver obsequios,
pues era divertido y fácil de hacer, pero era molesto ser el ‘envolvedor oficial’ y encargarse
de todos los regalos, inclusive el propio.
Arrastró los pies hasta la cocina, preguntándose si esa vez su madre se había dignado siquiera
a meter los obsequios dentro de una caja, encontrándose a sus risueñas madre y hermana preparando
el festín que disfrutarían esa noche: ensalada de papa, zanahorias en salsa dulce, espagueti,
ensalada navideña y el imprescindible pavo.
–¿Dónde están los regalos?- preguntó, asomando la cabeza a través del marco de la puerta;
no pensaba perder tiempo buscándolos y mucho menos figuraba en sus planes entrar al cuarto:
a él no le gustaba eso de la cocina y no soportaba los olores que la inundaban cuando
se preparaban los alimentos.
-¿En dónde van a estar, Camus?- preguntó a modo de respuesta su madre, denotando
un poco de fastidio, puesto que aún tenía ambas manos en el interior del pavo.
-No sé, por eso te pregunto- respondió con el tono molesto que usualmente empleaba.
-Sobre la mesa, cegatón- agilizó la consulta su hermana mayor, metiendo a puños el relleno en el cadáver del ave.
– Mil gracias, señorita- desapareció despidiéndose como un cabo a su coronel, para regresar enseguida
–Ah y por cierto- ambas mujeres voltearon a verlo al escuchar nuevamente su voz –Se le cayóuna uña, graciosa damita- finalizó.
Salió del lugar entre carcajadas mientras las mujeres miraban sus manos para confirmar
la catástrofe; la joven buscaba, alarmada, su uña en el relleno en el interior del ave mientras
la mayor hacía lo mismo en la olla.
Camus caminó tarareando una alegre canción navideña hasta la mesa del comedor, donde dentro de unas horas él y su familia comerían las delicias que sólo en esas fechas se podían consumir.
-Tengo que llamarle...- susurró para sí mismo: el año pasado no había querido ir a cenar con ellos. Marcó el número de su amante aprisa, antes de dar inicio a su tarea.
Recargado con lenidad contra la barra de un viejo bar ubicado en el centro de la ciudad, a pesar de lo que cualquiera pensaría, el alegre y juguetón Milo pensaba en cuánto detestaba esa fecha, si, el mismísimo muchacho que, junto con su roomy-amante, iba los últimos días de clases con un gorro de santa y una diadema con cuernos de reno, respectivamente. ¿Cómo alguien tan jovial como él podía odiar tanto la fecha?.
La respuesta era simple. Para él, regresar a casa para la noche buena no era una opción, ¿quién quisiera ver al mismo hombre de siempre ahogado en alcohol, gritando incoherencias y vulgaridades a todos los presentes?, ¿quién quisiera despertar el día de Navidad y encontrarse que en lugar de obsequios debajo del árbol, la casa carece ya de uno, éste se ha caído, para volver la mirada y encontrarse con una inconsciente figura masculina tendida a su lado en el piso?, ¿quién quiere ver cómo todas las esferas, que con tanto esmero se puso horas antes, se encuentran hechas añicos?: ¿Qué sería más doloroso... que reconocer a ese hombre es tu padre?.
Cada vez que lo recordaba sus ojos se llenaban de lágrimas, era egoísta, lo sabía…pero ser hijo único de un borracho y una mujer que no dejaba de culpar de todos sus males a la enfermedad de su marido era tedioso y aburrido, pero, sobre todo, vergonzoso.
Hacía un par de años desde que su padre le arruinara algo más que la navidad; todo se resumía en una posada, exceso de alcohol y cachondeo en pleno baile con la esposa de un viejo amigo de la familia.
Era de esperarse que antes de terminar el siguiente semestre se hubiese ofrecido a un intercambio en la universidad y su madre preparase los papeles para el divorcio. Y todo coincidía en una sencilla e insignificante fecha; la Navidad.
En que el marketing, la iglesia, la sociedad, la radio y la tele no le dejaban en paz, le acosaban, dedicándose a decir que aquél era tiempo de estar en familia y de expresar su cariño a ésta... ¿cómo no sentirse herido, si era algo de lo que ya no estaba seguro de tener?.
Y, como si fuera poco, su novio no ayudaba mucho: -Él es un hombre de familia- pensó. Recordó a este último con una sonrisa, ya que, a pesar de su fría apariencia, el joven era un amor; amable, gentil, considerado, apasionado y sobre todo protector. Todos los años le invitaba a cenar consigo a su casa desde que supo a cerca de su padre y sus problemas de alcoholismo. Su familia era muy amable y cálida pero...
Y como víctima de una invocación, de entre la alegre música y el las voces provenientes del televisor sobresalió un timbre polifónico de una canción de moda: sin necesidad de ver la pantalla sacó de entre sus ropas el móvil y se lo llevó al oído.
–Camus...-
-Milo, hola… son las cinco, y quería saber si.... si.... ¿vendrás este año a cenar con mi familia?- El rubio calló por un momento; su novio, a diferencia de él, era oriundo de la ciudad y su familia se encontraba a una hora de su departamento. Cerró los ojos por un momento.
-No- vocalizó finalmente, con dificultad pero firme, sabía lo importante que era para él.
-¿Por qué?... es decir.... ¿Mi familia te ha hecho algo, te incomoda?-
-¿Estás seguro que no les molestará que cene con ustedes?- preguntaba nervioso enfrente de la puerta de entrada de la casa.
–No- abrió la puerta el pelirrojo.
Sonrió, le gustaba esa forma tan despreocupada y directa de ser de él, y sin previo aviso lo jaló del brazo, acercando sus labios a los de su novio, pero éste le rechazó delicadamente.
–Mis padres no saben lo nuestro- le confesó finalmente. El rubio giró a Camus para que le mirase: estaba dolido.
–No me mires así, que tu tampoco se lo has dicho a tus padres- le reclamó, pero con un rápido movimiento se separaron ante la llegada del Isaac.
-Cami, ¿quién es ese tipo?- preguntó el pequeño.
–Milo- contestó cortante, jalando al rubio del brazo para que le siguiera hasta la sala donde toda la familia se encontraba reunida. Éstos, invariablemente, le recibieron con preguntas e insistieron enseguida en conocer la identidad del rubio. El pelirrojo nombró calmadamente a cada uno de los miembros de la familia buscando que le pusieran atención y, al obtenerla, se dispuso a presentar a rubio.
-Bien... –titubeó un poco- su nombre es Milo, un compañero de la universidad; comparto el departamento con él. Este año, le fue imposible ir a su casa para navidad y le pedí que cenara con nosotros...-
Ante la declaración todos quedaron en silencio. Los padres miraban incrédulos a su hijo mejor portado y sus hermanos examinaban al rubio: éste se moría de la vergüenza.
-Esta bien- aceptó cansado el padre: era navidad y “entendía” que su hijo no quisiera dejar desamparado a su “amigo” en esas fechas.
–Camus, me hubieras dicho que lo traerías, no se si nos alcanzará- dijo la mujer acomodándose el vestido antes de correr a la cocina. Rió la hermana siguiendo su labor de acomodar la mesa.
–¿Juegas al X-Box?- le preguntó Hyoga, extendiéndole un control.
–¡Yo también quiero jugar!- reclamó Isaac.
El rubio permanecía petrificado; no se esperaba tal recepción, y Camus sólo reía socarronamente: se veía tan gracioso...
***Flash Back***
-No, ellos nunca me han incomodado- le respondió, sonriendo para si -son igual de educados y amables que tu...- finalizó sin poder dejar de pensar que Camus se había sonrojado, pues el silencio reinó entre ambos por varios segundos.
-¿Entonces por qué?- insistió, sonando dolido.
-Tu sabes porque- fijó la vista en la estantería llena de botellas de borgoña delante de él.
Milo ocupada un lugar al lado de su adorado en la mesa; después de haber sido hecho trizas centenares de veces en los video juegos por los viciosos hermanos pudo salva guardar un poco de su orgullo al ganar en contadas ocasiones en modo cooperativo con Camus.
Pasó un mal momento, pues tuvo que afrontar la vergüenza no saber dar gracias antes de dar inicio al banquete: nunca antes había tenido una buena razón para hacerlo... y de nuevo, Camus fue al rescate orando en voz alta en su lugar.
Ahora todos conversaban alegremente y comían escasamente. El rubio se sentía muy a gusto entre tanta algarabía, en un ambiente lleno de armonía y calidez tan… tan difícil de describir.
No era la primera vez que lo experimentaba, pero simplemente le era imposible siquiera tratar de hacerlo.
Entrelazaron sus manos por debajo de la mesa con su novio, deseoso de que compartieran toda esa felicidad. Nunca antes se sintió tan cercano a él.
Con una sonrisa recordó el final de todas aquellas películas navideñas, por primera vez, considero la existencia de eso llamado “milagro”.
-Esta cena es perfecta- pensó apenado de sus propios pensamientos mirando a su novio de reojo.
Este pensamiento sería vocalizado por el jefe de familia, el cual no evitó agregar:
–¿Pero sabes que nos falta?- preguntó, viendo a todos los presentes.
-¿Qué nos falta?- le siguió el juego Camus, sin tomarle mucha atención.
–¡Pues un negro que sirva!- respondió, sonando como una molesto chiste de toc-toc. Todos los presentes rieron, a excepción del un cohibido forastero.
Las bromas racistas siguieron por un buen rato: Camus no paraba de reír junto a los suyos pero en cambio su pareja estaba paralizada.... no, más bien azorado y por demás confundido. No podía creer que personas tan amables como ellos, que le habían cobijado en aquella noche, fueran racistas e hicieran bromas de tan mal gusto, ni propusieran como solución para el mundo eliminar a todas las personas como él, pero lo peor, era que su novio riera también mientras sus manos siguieran unidas.
El pelirrojo tosió, al notar considerablemente más pálido a su novio, sin pasar por alto su obvia desesperación por separar sus manos: -Tenemos visitas- dijo.
De inmediato todos dejaron de bromear, comprendiendo que él no simpatizaba con sus ideas y se dispusieron a hablar de otras cosas.
-Y dime Milo, ¿conoces a la novia de Camus, Leonor?- pregunto la hermana.
-¿Le-Leonor?- tartamudeó un poco sin querer. Él nunca le había hablado de ella –No- respondió finalmente; aquello le había caído como balde de agua frío.
-No, aún no se conocen- afirmó Camus, acercándose disimuladamente a él y le confesó: –Leonor eres tu-.
–Y supongo que ellos aun no saben lo nuestro- agregó, finalmente, el rubio con ese toque de amargura en su tono: ya sabía la respuesta y dolía, dolía mucho. El silencio le respondió, y en medio de un nuevo acceso de ira, fue él el que habló.
–Bueno, ya sabes mi respuesta así que... adiós.- Colgó, sin molestarse en disimular su enojo, el teléfono.
–Deme un Whisky- ordenó al barman, poniendo la cabeza contra la barra de nuevo. Sabía lo que pasaría después: sería igual que el veinticuatro anterior. Él, se quedaría y permanecería solo en medio de una multitud el resto de la noche, tomaría en aquél bar, ubicado en la calle Diez esquina con la Ave. Victoria, hasta que su corazón intentase salir por su boca y los recuerdos no fueran más que un mal sueño.
En la madrugada, cuando el dueño cerrara para ir a casa con su familia, le echaría a la calle, conciente o no. Después, despertaría con el agrio sabor del vomito aun presente en su boca, su aliento imitaría al aroma de las monedas, sentiría una punzada en la cabeza y una estaca en el pecho. Todo eso aunado a la novedad de tener que comprar otra cartera.
La vida era increíblemente cruel e irónica al forzarlo a la soledad y a recurrir a la única escapatoria que su padre le enseñó.
Lágrimas recorrieron sus mejillas, su nariz picaba al intentar contenerlas pero el dolor era tanto y tan agudo que terminó desbordándose por sus ojos.
Iluminado por la intermitentes luces navideñas, apartado del frío de la noche por el consolador licor, el viejo calentón tipo español y las paredes de un abandonado bar se sintió tan desamparado y pequeño… casi como un granito de mostaza.
la cuál buscaba una escurridiza jeringa para inyectar el pavo entre las bolsas del mercado.
-Si, ya voy- respondió cansado al llamado; terminar de decorar el viejo y alto árbol de navidad
no era tarea fácil, y menos si se tenia que cuidar que el emo-tivo Hyoga no saturara su lado con esferas:
pero aún más difícil era lograr que su padre no rompiera mas de cinco de ésos esféricos adornos,
volviéndose una misión imposible si se agregaba el detalle de impedir que Isaac jugara con el nacimiento.
Pero el final, como todos los años, lograban obtener un magnífico árbol que rozaba el techo
con la dorada estrella ubicada en la punta de éste... sin que su padre se cayera en el proceso.
Éste ahora, cubierto por millares de luces en forma de estrellas que se reflejaban en docenas
de esferas rojas y metros de encaje dorado, exhibía debajo suyo a las figuras que
representaban los personajes bíblicos relacionados con la fecha, los cuales, increíblemente,
estaban ilesos…con excepción de un rey mago decapitado.
-¿Por qué siempre yo?- Se quejó mentalmente; no era que no le gustase envolver obsequios,
pues era divertido y fácil de hacer, pero era molesto ser el ‘envolvedor oficial’ y encargarse
de todos los regalos, inclusive el propio.
Arrastró los pies hasta la cocina, preguntándose si esa vez su madre se había dignado siquiera
a meter los obsequios dentro de una caja, encontrándose a sus risueñas madre y hermana preparando
el festín que disfrutarían esa noche: ensalada de papa, zanahorias en salsa dulce, espagueti,
ensalada navideña y el imprescindible pavo.
–¿Dónde están los regalos?- preguntó, asomando la cabeza a través del marco de la puerta;
no pensaba perder tiempo buscándolos y mucho menos figuraba en sus planes entrar al cuarto:
a él no le gustaba eso de la cocina y no soportaba los olores que la inundaban cuando
se preparaban los alimentos.
-¿En dónde van a estar, Camus?- preguntó a modo de respuesta su madre, denotando
un poco de fastidio, puesto que aún tenía ambas manos en el interior del pavo.
-No sé, por eso te pregunto- respondió con el tono molesto que usualmente empleaba.
-Sobre la mesa, cegatón- agilizó la consulta su hermana mayor, metiendo a puños el relleno en el cadáver del ave.
– Mil gracias, señorita- desapareció despidiéndose como un cabo a su coronel, para regresar enseguida
–Ah y por cierto- ambas mujeres voltearon a verlo al escuchar nuevamente su voz –Se le cayóuna uña, graciosa damita- finalizó.
Salió del lugar entre carcajadas mientras las mujeres miraban sus manos para confirmar
la catástrofe; la joven buscaba, alarmada, su uña en el relleno en el interior del ave mientras
la mayor hacía lo mismo en la olla.
Camus caminó tarareando una alegre canción navideña hasta la mesa del comedor, donde dentro de unas horas él y su familia comerían las delicias que sólo en esas fechas se podían consumir.
-Tengo que llamarle...- susurró para sí mismo: el año pasado no había querido ir a cenar con ellos. Marcó el número de su amante aprisa, antes de dar inicio a su tarea.
***
Recargado con lenidad contra la barra de un viejo bar ubicado en el centro de la ciudad, a pesar de lo que cualquiera pensaría, el alegre y juguetón Milo pensaba en cuánto detestaba esa fecha, si, el mismísimo muchacho que, junto con su roomy-amante, iba los últimos días de clases con un gorro de santa y una diadema con cuernos de reno, respectivamente. ¿Cómo alguien tan jovial como él podía odiar tanto la fecha?.
La respuesta era simple. Para él, regresar a casa para la noche buena no era una opción, ¿quién quisiera ver al mismo hombre de siempre ahogado en alcohol, gritando incoherencias y vulgaridades a todos los presentes?, ¿quién quisiera despertar el día de Navidad y encontrarse que en lugar de obsequios debajo del árbol, la casa carece ya de uno, éste se ha caído, para volver la mirada y encontrarse con una inconsciente figura masculina tendida a su lado en el piso?, ¿quién quiere ver cómo todas las esferas, que con tanto esmero se puso horas antes, se encuentran hechas añicos?: ¿Qué sería más doloroso... que reconocer a ese hombre es tu padre?.
Cada vez que lo recordaba sus ojos se llenaban de lágrimas, era egoísta, lo sabía…pero ser hijo único de un borracho y una mujer que no dejaba de culpar de todos sus males a la enfermedad de su marido era tedioso y aburrido, pero, sobre todo, vergonzoso.
Hacía un par de años desde que su padre le arruinara algo más que la navidad; todo se resumía en una posada, exceso de alcohol y cachondeo en pleno baile con la esposa de un viejo amigo de la familia.
Era de esperarse que antes de terminar el siguiente semestre se hubiese ofrecido a un intercambio en la universidad y su madre preparase los papeles para el divorcio. Y todo coincidía en una sencilla e insignificante fecha; la Navidad.
En que el marketing, la iglesia, la sociedad, la radio y la tele no le dejaban en paz, le acosaban, dedicándose a decir que aquél era tiempo de estar en familia y de expresar su cariño a ésta... ¿cómo no sentirse herido, si era algo de lo que ya no estaba seguro de tener?.
Y, como si fuera poco, su novio no ayudaba mucho: -Él es un hombre de familia- pensó. Recordó a este último con una sonrisa, ya que, a pesar de su fría apariencia, el joven era un amor; amable, gentil, considerado, apasionado y sobre todo protector. Todos los años le invitaba a cenar consigo a su casa desde que supo a cerca de su padre y sus problemas de alcoholismo. Su familia era muy amable y cálida pero...
Y como víctima de una invocación, de entre la alegre música y el las voces provenientes del televisor sobresalió un timbre polifónico de una canción de moda: sin necesidad de ver la pantalla sacó de entre sus ropas el móvil y se lo llevó al oído.
–Camus...-
-Milo, hola… son las cinco, y quería saber si.... si.... ¿vendrás este año a cenar con mi familia?- El rubio calló por un momento; su novio, a diferencia de él, era oriundo de la ciudad y su familia se encontraba a una hora de su departamento. Cerró los ojos por un momento.
-No- vocalizó finalmente, con dificultad pero firme, sabía lo importante que era para él.
-¿Por qué?... es decir.... ¿Mi familia te ha hecho algo, te incomoda?-
***Flash Back***
-¿Estás seguro que no les molestará que cene con ustedes?- preguntaba nervioso enfrente de la puerta de entrada de la casa.
–No- abrió la puerta el pelirrojo.
Sonrió, le gustaba esa forma tan despreocupada y directa de ser de él, y sin previo aviso lo jaló del brazo, acercando sus labios a los de su novio, pero éste le rechazó delicadamente.
–Mis padres no saben lo nuestro- le confesó finalmente. El rubio giró a Camus para que le mirase: estaba dolido.
–No me mires así, que tu tampoco se lo has dicho a tus padres- le reclamó, pero con un rápido movimiento se separaron ante la llegada del Isaac.
-Cami, ¿quién es ese tipo?- preguntó el pequeño.
–Milo- contestó cortante, jalando al rubio del brazo para que le siguiera hasta la sala donde toda la familia se encontraba reunida. Éstos, invariablemente, le recibieron con preguntas e insistieron enseguida en conocer la identidad del rubio. El pelirrojo nombró calmadamente a cada uno de los miembros de la familia buscando que le pusieran atención y, al obtenerla, se dispuso a presentar a rubio.
-Bien... –titubeó un poco- su nombre es Milo, un compañero de la universidad; comparto el departamento con él. Este año, le fue imposible ir a su casa para navidad y le pedí que cenara con nosotros...-
Ante la declaración todos quedaron en silencio. Los padres miraban incrédulos a su hijo mejor portado y sus hermanos examinaban al rubio: éste se moría de la vergüenza.
-Esta bien- aceptó cansado el padre: era navidad y “entendía” que su hijo no quisiera dejar desamparado a su “amigo” en esas fechas.
–Camus, me hubieras dicho que lo traerías, no se si nos alcanzará- dijo la mujer acomodándose el vestido antes de correr a la cocina. Rió la hermana siguiendo su labor de acomodar la mesa.
–¿Juegas al X-Box?- le preguntó Hyoga, extendiéndole un control.
–¡Yo también quiero jugar!- reclamó Isaac.
El rubio permanecía petrificado; no se esperaba tal recepción, y Camus sólo reía socarronamente: se veía tan gracioso...
***Flash Back***
-No, ellos nunca me han incomodado- le respondió, sonriendo para si -son igual de educados y amables que tu...- finalizó sin poder dejar de pensar que Camus se había sonrojado, pues el silencio reinó entre ambos por varios segundos.
-¿Entonces por qué?- insistió, sonando dolido.
-Tu sabes porque- fijó la vista en la estantería llena de botellas de borgoña delante de él.
***Flash Back***
Milo ocupada un lugar al lado de su adorado en la mesa; después de haber sido hecho trizas centenares de veces en los video juegos por los viciosos hermanos pudo salva guardar un poco de su orgullo al ganar en contadas ocasiones en modo cooperativo con Camus.
Pasó un mal momento, pues tuvo que afrontar la vergüenza no saber dar gracias antes de dar inicio al banquete: nunca antes había tenido una buena razón para hacerlo... y de nuevo, Camus fue al rescate orando en voz alta en su lugar.
Ahora todos conversaban alegremente y comían escasamente. El rubio se sentía muy a gusto entre tanta algarabía, en un ambiente lleno de armonía y calidez tan… tan difícil de describir.
No era la primera vez que lo experimentaba, pero simplemente le era imposible siquiera tratar de hacerlo.
Entrelazaron sus manos por debajo de la mesa con su novio, deseoso de que compartieran toda esa felicidad. Nunca antes se sintió tan cercano a él.
Con una sonrisa recordó el final de todas aquellas películas navideñas, por primera vez, considero la existencia de eso llamado “milagro”.
-Esta cena es perfecta- pensó apenado de sus propios pensamientos mirando a su novio de reojo.
Este pensamiento sería vocalizado por el jefe de familia, el cual no evitó agregar:
–¿Pero sabes que nos falta?- preguntó, viendo a todos los presentes.
-¿Qué nos falta?- le siguió el juego Camus, sin tomarle mucha atención.
–¡Pues un negro que sirva!- respondió, sonando como una molesto chiste de toc-toc. Todos los presentes rieron, a excepción del un cohibido forastero.
Las bromas racistas siguieron por un buen rato: Camus no paraba de reír junto a los suyos pero en cambio su pareja estaba paralizada.... no, más bien azorado y por demás confundido. No podía creer que personas tan amables como ellos, que le habían cobijado en aquella noche, fueran racistas e hicieran bromas de tan mal gusto, ni propusieran como solución para el mundo eliminar a todas las personas como él, pero lo peor, era que su novio riera también mientras sus manos siguieran unidas.
El pelirrojo tosió, al notar considerablemente más pálido a su novio, sin pasar por alto su obvia desesperación por separar sus manos: -Tenemos visitas- dijo.
De inmediato todos dejaron de bromear, comprendiendo que él no simpatizaba con sus ideas y se dispusieron a hablar de otras cosas.
-Y dime Milo, ¿conoces a la novia de Camus, Leonor?- pregunto la hermana.
-¿Le-Leonor?- tartamudeó un poco sin querer. Él nunca le había hablado de ella –No- respondió finalmente; aquello le había caído como balde de agua frío.
-No, aún no se conocen- afirmó Camus, acercándose disimuladamente a él y le confesó: –Leonor eres tu-.
***Flash Back***
–Y supongo que ellos aun no saben lo nuestro- agregó, finalmente, el rubio con ese toque de amargura en su tono: ya sabía la respuesta y dolía, dolía mucho. El silencio le respondió, y en medio de un nuevo acceso de ira, fue él el que habló.
–Bueno, ya sabes mi respuesta así que... adiós.- Colgó, sin molestarse en disimular su enojo, el teléfono.
–Deme un Whisky- ordenó al barman, poniendo la cabeza contra la barra de nuevo. Sabía lo que pasaría después: sería igual que el veinticuatro anterior. Él, se quedaría y permanecería solo en medio de una multitud el resto de la noche, tomaría en aquél bar, ubicado en la calle Diez esquina con la Ave. Victoria, hasta que su corazón intentase salir por su boca y los recuerdos no fueran más que un mal sueño.
En la madrugada, cuando el dueño cerrara para ir a casa con su familia, le echaría a la calle, conciente o no. Después, despertaría con el agrio sabor del vomito aun presente en su boca, su aliento imitaría al aroma de las monedas, sentiría una punzada en la cabeza y una estaca en el pecho. Todo eso aunado a la novedad de tener que comprar otra cartera.
La vida era increíblemente cruel e irónica al forzarlo a la soledad y a recurrir a la única escapatoria que su padre le enseñó.
Lágrimas recorrieron sus mejillas, su nariz picaba al intentar contenerlas pero el dolor era tanto y tan agudo que terminó desbordándose por sus ojos.
Iluminado por la intermitentes luces navideñas, apartado del frío de la noche por el consolador licor, el viejo calentón tipo español y las paredes de un abandonado bar se sintió tan desamparado y pequeño… casi como un granito de mostaza.





