PÉRE LACHAISE >SLGF<
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PÉRE LACHAISE >SLGF<
Aquella tarde plomiza de enero, Camus Delluc avanzaba lentamente por entre los estrechos corredores del cementerio de Père-Lachaise. Llevaba bajo el brazo su estuche de dibujo, papel, y algo de carboncillo para calcar algunos grabado que le habían sido solicitados en su clase de grabado, hacía bastante frío, sus mejillas se habían coloreado de un ligero carmín a causa de la inclemencia del clima.
Aceleró el paso al sentir que el frío se intensificaba. Giró a la derecha en la sección 16, estaba cerca de la zona más antigua del cementerio y de donde mejores calcas podía obtener.
Una ráfaga de aire helado despeinó su larga cabellera rojiza. Pronto halló algo digno de llevar a clase, tomó una de las hojas que guardaba en su carpeta, la apoyó contra la lápida que le pareció más llamativa y procedió a hacer la calca.
Media hora más tarde, se retiraba de ahí satisfecho. Se dijo que antes de volver a su pequeño departamento en el Barrio Latino acudiría a la cafetería de siempre a beber un chocolate bien caliente.
Avanzó lento hacía la parada del autobús. Los nervios hicieron presa de él cuando vio que ese joven rubio que solía ver en el campus de la escuela se encontraba sentado en la parada del autobús a la que él se dirigía. Su corazón latió violentamente. Pudo ver lo impaciente que estaba, parecía esperar a alguien.
--- ¿Sabes que hora es? --- dijo con ese ligero acento extranjero con el que hablaba el francés. Camus solo lo miró, no sabía siquiera su nombre, pero lo impresionaba demasiado, era demasiado atractivo, esos ojos tan azules como una turquesa le volvían tímido y nervioso.
--- Las once menos cuarto.
--- Gracias… --- dijo con desgano, mientras Camus no dejaba de mirarle. --- ¿Sabes? El autobús tarda años en pasar, ¿te gustaría acompañarme en un taxi?, este frío me tiene loco.
--- Si... bueno yo…
--- Descuida, yo pago. --- dijo poniéndose de pie. --- Me llamo Milo Scouros, ¿y tú?
--- Camus Delluc. --- susurró el pelirrojo.
--- Te recuerdo, estás en mi clase de anatomía humana.
--- ¿Tú me has visto?
--- Claro, le gustas a mi amigo, por eso te recuerdo.
--- ¿Qué amigo?
--- El tipo alto de patillas enormes, todos lo llamamos Shura, debes saber quien es, él y yo somos los únicos extranjeros en el curso.
--- ¿El español?
--- El mismo. --- dijo Milo sin mirarlo.
--- Tú eres griego, ¿cierto?
--- Sí, pero llevo mucho tiempo en Francia. Llegué aquí cuando tenía tres años. Mi madre trabaja en la embajada griega. Cuando se divorció de mi padre vinimos aquí. --- dijo el rubio sin entender porque le contaba todo eso a ese chico al que solo conocía de vista.
--- Todos dicen que tienes mucho talento.
--- Patrañas… yo solo hago lo mejor que puedo, tal vez no sea malo, pero estoy seguro de que no hay en mi suficiente talento como para dedicarme de verdad a esto del arte, voy a dejarlo el próximo semestre y me quedaré con las leyes. --- Camus lo miró sorprendido, había visto las cosas que las manos de Milo podían producir y se dijo que no era posible que alguien con su talento abandonara las artes.
--- Creo que no deberías dejarlo, eres realmente bueno.
--- Lo cierto es que estoy decepcionado… más que decepcionado, frustrado.
--- ¿Por qué? --- se atrevió a preguntar Camus.
--- Me falta pasión… esa es la verdad, mi arte es tan frío como un copo de nieve, no transmite nada, si, es estéticamente perfecto pero carece de alma, de ese espíritu que solo los verdaderos artistas son capaces de mostrar. No sé si me doy a entender…
--- Creo que he captado la idea. – dijo Camus meditabundo.
---Siempre creí que tenía madera para esto, pero conforme mi técnica mejora, mi pasión se diluye, es como si la perfección de la forma no estuviera aparejada a la pasión, al menos en mi caso, carezco de la sensibilidad necesaria para que mi arte viva. Hasta ahora lo que he hecho ha sido simplemente reproducir en piedra las cosas que veo sin que en realidad se pueda decir que le he dado vida a la idea, no he hecho más que dibujarla, trazarla, pero es simplemente un pálido reflejo de lo que quiero que signifique.
--- En otras palabras, estás en medio de una crisis.
--- Algo así. Verás, empiezo a cuestionarme si tengo vocación para esto. He visto lo que pintas, y de verdad no se parece en nada a lo que yo hago. Tu conmueves, pero yo, yo no voy más allá de la belleza de la forma.
--- ¿Has visto mis cuadros?
---Por supuesto, Shura me ha arrastrado a ello en un principio, sin embargo, con el paso del tiempo logré ver en tu obra lo que no encuentro en la mía.
El rubio detuvo un taxi, Camus no podía creerlo. Uno de los chicos más asediados de la universidad estaba diciéndole que admiraba su obra. Y por si fuera poco, se trataba del chico que le arrebataba el aliento con solo mirarlo.
Estaba demasiado nervioso. Milo le invitó a un café, él solo asintió sin saber a ciencia cierta lo que estaba aceptando.
Milo lo miró, esos ojos tan verdes le hacían recordar el mar en calma, lleno de secretos de misterios que encantado develaría. Camus era hermoso, pero había algo en su persona que provocaba una revolución en su interior, era una agitación extraña, desconocida hasta entonces, le hacía presa de una sacudida a lo más profundo de su ser. No podía entenderlo en primera instancia, pero estaba seguro de querer pasar más tiempo al lado de ese delicado pelirrojo.
El taxi paró muy cerca del Louvre, Camus se sintió un tanto confundido, ni siquiera se había dado cuenta a donde se dirigían.
---Vamos. Es por aquí. – dijo Milo tomándole del brazo. Simplemente se sonrojó. Estaba tan nervioso que dejó caer la carpeta que llevaba bajo el brazo.---Espera, te ayudo. --- dijo el rubio inclinándose para levantar las hojas antes de que el viento se las llevara.
Milo se quedó sin habla al contemplar un bosquejo que Camus se apresuró a arrebatarle de las manos. Sin embargo, el francés no fue tan rápido, Milo había tenido oportunidad de ver el dibujo y se sorprendió.
--- ¿Por qué me dibujaste? --- Camus no supo que responder, sus nervios lo traicionaron cuando Milo sujetó su mano. --- ¿Tú me ves así? --- preguntó --- Camus es importante para mí conocer la respuesta a mi pregunta.
--- Sí… es así como te veo… --- dijo el francés con un hilillo de voz.
--- Dioses… --- dijo el rubio sin separar su mano de la de Camus. --- Nunca imaginé algo… así…
--- ¿Te desagrada? --- dijo Camus apartando el rostro apenado. --- el griego negó con la cabeza.--- No, no ¿cómo iba a desagradarme? Es solo que… creo que nadie me había visto de esa manera tan…
--- ¿Vulgar?
--- Iba a decir pasional, erótica, por supuesto que no es vulgar.
--- Te molesta que sea un hombre el que te mire de esa manera, ¿no es cierto?
--- Mis mejores amigos son homosexuales.
--- Pero tú no lo eres. --- Camus estaba sonrojado hasta las orejas.
--- No podría asegurarlo, es decir, nunca me he enamorado de un hombre, pero podría suceder. --- dijo sin pensar. Camus lo miró.--- Pienso que el amor no puede ser etiquetado ni catalogado. Uno no elige de quien enamorarse, solo se dan las cosas… --- dijo sin mirar a Camus. No sabía que más decirle, algo en su interior le impedía darle una negativa tajante como la que le había dado años atrás a Aioria, como la que mil veces había tenido que repetir a algún compañero de clase… --- Vamos a tomar ese café, ¿te apetece? Siento que tú y yo podemos ser grandes amigos, no sé podrías llegar a convencerme de aceptar que me pintes o algo así, tú podrías aceptar que yo haga una escultura tuya, no sé, la vida nos arrastra a su antojo.
--- Así que no crees en los convencionalismos sociales… --- dijo Camus mientras caminaban en dirección al café al que Milo lo había invitado.
--- Básicamente no creo en nada.
--- ¿Ni siquiera en el amor?
--- No podría afirmar que exista, francamente me resulta un tanto ridículo eso de “nos amaremos hasta el fin de los tiempos”.
--- Entonces no te has enamorado jamás…
--- ¿Por qué lo dices?
--- Solo quien no ha estado enamorado puede negar que el amor existe.
--- ¿Tú sí has estado enamorado? --- Camus asintió --- ¿Dónde esta él?
--- Se fue, creo que al final no éramos tan compatibles como creíamos. Son cosas que pasan.
---Entonces no era para siempre.
-- Pero era amor.
--- Eso nunca lo entenderé…
--- ¿A que te refieres?
--- A eso que dices, si es amor entonces debería ser único e irrepetible, trascendental, no algo pasajero.
--- Thierry era único e irrepetible… lo amé como a nadie en el mundo… pero terminó. --- dijo Camus con cierta nostalgia.
--- Lamento si mis palabras te hicieron daño… créeme que no era mi intención.
--- Comprendo… tú solo querías saber…
--- Hay demasiado en ti que no entiendo. --- dijo Milo mirándolo fijamente. --- Pero estoy dispuesto a hacerlo…
--- ¿De que hablas?
--- Quiero que seamos amigos Camus, hay algo en ti que me intriga, algo que no conocí en nadie más, ¿aceptarías?
--- Pero…
-- Sólo di sí, además creo que congeniarás bien con Shura, es un buen partido. --- dijo el rubio riendo suavemente.
--- Tu amigo no me gusta. --- dijo Camus sonrojado.
---- Yo no dije que tenía que gustarte, solo que es agradable. Verás que terminas llevándote bien con él. Es un enorme balde de miel.
--- Vaya… --- dijo Camus sin entender.
Aceleró el paso al sentir que el frío se intensificaba. Giró a la derecha en la sección 16, estaba cerca de la zona más antigua del cementerio y de donde mejores calcas podía obtener.
Una ráfaga de aire helado despeinó su larga cabellera rojiza. Pronto halló algo digno de llevar a clase, tomó una de las hojas que guardaba en su carpeta, la apoyó contra la lápida que le pareció más llamativa y procedió a hacer la calca.
Media hora más tarde, se retiraba de ahí satisfecho. Se dijo que antes de volver a su pequeño departamento en el Barrio Latino acudiría a la cafetería de siempre a beber un chocolate bien caliente.
Avanzó lento hacía la parada del autobús. Los nervios hicieron presa de él cuando vio que ese joven rubio que solía ver en el campus de la escuela se encontraba sentado en la parada del autobús a la que él se dirigía. Su corazón latió violentamente. Pudo ver lo impaciente que estaba, parecía esperar a alguien.
--- ¿Sabes que hora es? --- dijo con ese ligero acento extranjero con el que hablaba el francés. Camus solo lo miró, no sabía siquiera su nombre, pero lo impresionaba demasiado, era demasiado atractivo, esos ojos tan azules como una turquesa le volvían tímido y nervioso.
--- Las once menos cuarto.
--- Gracias… --- dijo con desgano, mientras Camus no dejaba de mirarle. --- ¿Sabes? El autobús tarda años en pasar, ¿te gustaría acompañarme en un taxi?, este frío me tiene loco.
--- Si... bueno yo…
--- Descuida, yo pago. --- dijo poniéndose de pie. --- Me llamo Milo Scouros, ¿y tú?
--- Camus Delluc. --- susurró el pelirrojo.
--- Te recuerdo, estás en mi clase de anatomía humana.
--- ¿Tú me has visto?
--- Claro, le gustas a mi amigo, por eso te recuerdo.
--- ¿Qué amigo?
--- El tipo alto de patillas enormes, todos lo llamamos Shura, debes saber quien es, él y yo somos los únicos extranjeros en el curso.
--- ¿El español?
--- El mismo. --- dijo Milo sin mirarlo.
--- Tú eres griego, ¿cierto?
--- Sí, pero llevo mucho tiempo en Francia. Llegué aquí cuando tenía tres años. Mi madre trabaja en la embajada griega. Cuando se divorció de mi padre vinimos aquí. --- dijo el rubio sin entender porque le contaba todo eso a ese chico al que solo conocía de vista.
--- Todos dicen que tienes mucho talento.
--- Patrañas… yo solo hago lo mejor que puedo, tal vez no sea malo, pero estoy seguro de que no hay en mi suficiente talento como para dedicarme de verdad a esto del arte, voy a dejarlo el próximo semestre y me quedaré con las leyes. --- Camus lo miró sorprendido, había visto las cosas que las manos de Milo podían producir y se dijo que no era posible que alguien con su talento abandonara las artes.
--- Creo que no deberías dejarlo, eres realmente bueno.
--- Lo cierto es que estoy decepcionado… más que decepcionado, frustrado.
--- ¿Por qué? --- se atrevió a preguntar Camus.
--- Me falta pasión… esa es la verdad, mi arte es tan frío como un copo de nieve, no transmite nada, si, es estéticamente perfecto pero carece de alma, de ese espíritu que solo los verdaderos artistas son capaces de mostrar. No sé si me doy a entender…
--- Creo que he captado la idea. – dijo Camus meditabundo.
---Siempre creí que tenía madera para esto, pero conforme mi técnica mejora, mi pasión se diluye, es como si la perfección de la forma no estuviera aparejada a la pasión, al menos en mi caso, carezco de la sensibilidad necesaria para que mi arte viva. Hasta ahora lo que he hecho ha sido simplemente reproducir en piedra las cosas que veo sin que en realidad se pueda decir que le he dado vida a la idea, no he hecho más que dibujarla, trazarla, pero es simplemente un pálido reflejo de lo que quiero que signifique.
--- En otras palabras, estás en medio de una crisis.
--- Algo así. Verás, empiezo a cuestionarme si tengo vocación para esto. He visto lo que pintas, y de verdad no se parece en nada a lo que yo hago. Tu conmueves, pero yo, yo no voy más allá de la belleza de la forma.
--- ¿Has visto mis cuadros?
---Por supuesto, Shura me ha arrastrado a ello en un principio, sin embargo, con el paso del tiempo logré ver en tu obra lo que no encuentro en la mía.
El rubio detuvo un taxi, Camus no podía creerlo. Uno de los chicos más asediados de la universidad estaba diciéndole que admiraba su obra. Y por si fuera poco, se trataba del chico que le arrebataba el aliento con solo mirarlo.
Estaba demasiado nervioso. Milo le invitó a un café, él solo asintió sin saber a ciencia cierta lo que estaba aceptando.
Milo lo miró, esos ojos tan verdes le hacían recordar el mar en calma, lleno de secretos de misterios que encantado develaría. Camus era hermoso, pero había algo en su persona que provocaba una revolución en su interior, era una agitación extraña, desconocida hasta entonces, le hacía presa de una sacudida a lo más profundo de su ser. No podía entenderlo en primera instancia, pero estaba seguro de querer pasar más tiempo al lado de ese delicado pelirrojo.
El taxi paró muy cerca del Louvre, Camus se sintió un tanto confundido, ni siquiera se había dado cuenta a donde se dirigían.
---Vamos. Es por aquí. – dijo Milo tomándole del brazo. Simplemente se sonrojó. Estaba tan nervioso que dejó caer la carpeta que llevaba bajo el brazo.---Espera, te ayudo. --- dijo el rubio inclinándose para levantar las hojas antes de que el viento se las llevara.
Milo se quedó sin habla al contemplar un bosquejo que Camus se apresuró a arrebatarle de las manos. Sin embargo, el francés no fue tan rápido, Milo había tenido oportunidad de ver el dibujo y se sorprendió.
--- ¿Por qué me dibujaste? --- Camus no supo que responder, sus nervios lo traicionaron cuando Milo sujetó su mano. --- ¿Tú me ves así? --- preguntó --- Camus es importante para mí conocer la respuesta a mi pregunta.
--- Sí… es así como te veo… --- dijo el francés con un hilillo de voz.
--- Dioses… --- dijo el rubio sin separar su mano de la de Camus. --- Nunca imaginé algo… así…
--- ¿Te desagrada? --- dijo Camus apartando el rostro apenado. --- el griego negó con la cabeza.--- No, no ¿cómo iba a desagradarme? Es solo que… creo que nadie me había visto de esa manera tan…
--- ¿Vulgar?
--- Iba a decir pasional, erótica, por supuesto que no es vulgar.
--- Te molesta que sea un hombre el que te mire de esa manera, ¿no es cierto?
--- Mis mejores amigos son homosexuales.
--- Pero tú no lo eres. --- Camus estaba sonrojado hasta las orejas.
--- No podría asegurarlo, es decir, nunca me he enamorado de un hombre, pero podría suceder. --- dijo sin pensar. Camus lo miró.--- Pienso que el amor no puede ser etiquetado ni catalogado. Uno no elige de quien enamorarse, solo se dan las cosas… --- dijo sin mirar a Camus. No sabía que más decirle, algo en su interior le impedía darle una negativa tajante como la que le había dado años atrás a Aioria, como la que mil veces había tenido que repetir a algún compañero de clase… --- Vamos a tomar ese café, ¿te apetece? Siento que tú y yo podemos ser grandes amigos, no sé podrías llegar a convencerme de aceptar que me pintes o algo así, tú podrías aceptar que yo haga una escultura tuya, no sé, la vida nos arrastra a su antojo.
--- Así que no crees en los convencionalismos sociales… --- dijo Camus mientras caminaban en dirección al café al que Milo lo había invitado.
--- Básicamente no creo en nada.
--- ¿Ni siquiera en el amor?
--- No podría afirmar que exista, francamente me resulta un tanto ridículo eso de “nos amaremos hasta el fin de los tiempos”.
--- Entonces no te has enamorado jamás…
--- ¿Por qué lo dices?
--- Solo quien no ha estado enamorado puede negar que el amor existe.
--- ¿Tú sí has estado enamorado? --- Camus asintió --- ¿Dónde esta él?
--- Se fue, creo que al final no éramos tan compatibles como creíamos. Son cosas que pasan.
---Entonces no era para siempre.
-- Pero era amor.
--- Eso nunca lo entenderé…
--- ¿A que te refieres?
--- A eso que dices, si es amor entonces debería ser único e irrepetible, trascendental, no algo pasajero.
--- Thierry era único e irrepetible… lo amé como a nadie en el mundo… pero terminó. --- dijo Camus con cierta nostalgia.
--- Lamento si mis palabras te hicieron daño… créeme que no era mi intención.
--- Comprendo… tú solo querías saber…
--- Hay demasiado en ti que no entiendo. --- dijo Milo mirándolo fijamente. --- Pero estoy dispuesto a hacerlo…
--- ¿De que hablas?
--- Quiero que seamos amigos Camus, hay algo en ti que me intriga, algo que no conocí en nadie más, ¿aceptarías?
--- Pero…
-- Sólo di sí, además creo que congeniarás bien con Shura, es un buen partido. --- dijo el rubio riendo suavemente.
--- Tu amigo no me gusta. --- dijo Camus sonrojado.
---- Yo no dije que tenía que gustarte, solo que es agradable. Verás que terminas llevándote bien con él. Es un enorme balde de miel.
--- Vaya… --- dijo Camus sin entender.
Re: PÉRE LACHAISE >SLGF<
--- Es aquí. --- dijo Milo obligándolo a girar en dirección de un café que se escondía entre dos galerías de arte. --- Cuando mi padre venía a París siempre parábamos aquí. Es una pena que ya no podamos hacerlo.
--- ¿El trabajo no se lo permite?
--- Mi padre murió hace un par de años, mi madre trabaja demasiado, y no hay mucha gente que disfrute del placer de un buen café como es debido.
--- ¿Y crees que yo si voy a disfrutarlo?
--- Tengo la sospecha de que así será. --- dijo Milo sonriendo.
--- ¿Qué hacías en el cementerio? --- dijo Camus cuando ya estaban sentados en la barra.
--- Buena pregunta…. Quizá alguien más no la hubiera hecho… --- dijo Milo con una sonrisa misteriosa.
--- Sí no quieres decirme, esta bien. --- dijo Camus clavando el rostro en la carta --- Después de todo, a penas nos conocimos hoy.
--- Eso no es obstáculo para confiar en alguien. --- dijo el rubio mientras llamaba al mesero. Camus lo miró con detenimiento, definitivamente no era como lo había imaginado… era mejor. --- ¿Qué hacía en el cementerio? Te diré que ni yo mismo lo sabía, lo cierto es que siempre que me deprimo termino ahí, no sé porque, es decir, no es el mejor lugar para hallar ánimos, después de todo es un cementerio. ¿Qué clase de motivación podría hallarse en un lugar semejante? Pero conmigo funciona, y funciona muy bien.
--- Todos tenemos nuestras rarezas.
--- Cierto. --- susurró Milo mientras contemplaba con gesto cansado la taza de humeante café que el mesero había puesto frente a él.
--- No creí que fueras así.
--- ¿Así? ¿Así cómo?
--- Tan normal.
--- Créeme, soy de todo menos normal. --- dijo Milo llevándose la taza a los labios. --- La vida me ha enseñado que soy demasiado inestable para ser normal.
--- ¿Inestable?
--- Si, nunca sostengo por mucho tiempo algo…
--- Tal vez porque no has encontrado ese algo que no querrás soltar.
Bebieron café hasta que oscureció, Milo se sentía cada vez más y más cercano a ese joven de largos cabellos rojos, Camus por su parte, estaba fascinado por la personalidad abierta y descarada del griego. Definitivamente era más de lo que podía imaginarse con solo verlo.
Milo se ofreció a acompañarlo a su departamento, Camus no pudo negarse, Milo le tenía hipnotizado.
Llegaron al pequeño departamento del francés helados, la temperatura había descendido notablemente.
--- Dioses... este invierno si que esta siendo duro. – dijo Milo frotándose las manos. Camus lo miro y sin saber porque se sonrió.
--- Voy a encender la chimenea.
---Te ayudo, así será más rápido. --- dijo adelantándose al francés. Camus contempló la varonil silueta de su nuevo amigo. Milo no era nada semejante a la idea que se había formado de él, no era nada de lo que le habían dicho, era bastante peculiar, cierto, pero esa peculiaridad definitivamente le agradaba. --- Me estoy congelando, ¿sabes?
--- Voy a preparar chocolate, ¿te apetece un poco?
--- Si, claro. --- la tensión entre ellos era evidente, Camus no podía manejar correctamente el hecho de que el ser que definía como lo más sensual que sus ojos hubieran visto estaba en su departamento.
Para cuando volvió a la improvisada sala, Milo ya se hallaba descalzo y hojeando un libro de su biblioteca, los rubios cabellos del griego destellaban cual hilos de oro bajo la luz artificial.
--- Anais Nin… --- susurró Milo con una sonrisa seductora en aquellos labios jugosos.
--- Si... bueno yo… sus novelas son buenas.
--- Literatura erótica, bastante buena por cierto. ---- dijo el griego --- Me gusta... “Sus brazos me rodearon. Vacilé. Me atormentaba un torbellino de sentimientos, deseaba su boca, pero tenía miedo, sentía que estaba por besar a un hermano, pero estaba tentada... aterrada y excitada. Estaba tensa. Sonrió y abrió la boca. Nos besamos, y ese beso desató en mí una ola de deseo. Estaba tendida a través de su cuerpo y con mi pecho sentí su deseo, duro, palpitante. Otro beso. Más terror que placer. El placer de algo innombrable, oscuro. Él, tan hermoso: divino y femenino, seductor y cincelado, duro y suave. Una pasión dura…” --- leyó el griego con voz profunda y sensual. Camus se estremeció al escucharlo, no tenía modo de expresar lo que sentía.
Se miraron, Milo percibió la excitación del otro y quiso seguir el juego, no había mucho que perder, ni tampoco mucho que ganar, una experiencia más, una experiencia menos, se dijo.
Con andar pausado y casi felino se dirigió a ese muchacho de largos cabellos rojos. Cerró el libro y lo dejó caer sobre una silla cercana.
Camus lo miraba como si aquello fuera irreal, como si fuera parte de una película, de algo que solo en sus más eróticos sueños iba a suceder. Emitió una expresión de sorpresa cuando sin más los labios de Milo fueron a posarse en los suyos.
--- Tus labios saben a fresas… --- susurró el griego mientras enterraba el rostro en la fragante cabellera del otro. Cuidadosamente le retiró las tazas que portaba de las manos y las colocó en la cercana mesa. Camus no sabía de sí, solo sabía de esas manos que ascendían por su espalda, de esos labios que le acariciaban el cuello con húmedos y ansiosos besos, del aroma de esa piel, de ese masculino y salvaje ser que en esos momentos le tendía sobre la raída alfombra que se hallaba frente a su decrépita chimenea.
Milo había perdido por completo el buen juicio, la voz de la conciencia había ido a parar en brazos de Morfeo mientras Eros campeaba feliz a su alrededor. El bendito Eros… por instantes juro que Eros yacía debajo de él gimiendo apagadamente, aferrando esa alfombra vieja y polvorienta, cerrando los ojos y mordiéndose los labios mientras sus manos liberaban esa piel cremosa de su escondite de tela.
Camus no quería abrir los ojos y despertar de ese placentero sueño que le generaba tales sensaciones. Su desnudez quedó expuesta ante el griego que permanecía arrodillado ante él como si fuera a adorarle. Milo se tomó su tiempo para continuar con la exploración de ese paraíso recién descubierto. Mientras se desnudaba, la idea de llevar aquello hasta sus últimas consecuencias no le abandonaba. Se tendió desnudo sobre el francés.
La sensación de su miembro endurecido contra el de ese delicado muchacho le hizo enloquecer de placer, gimió quedo mientras se frotaba suavemente contra la hombría de su compañero. No concebía placer mayor que aquel. Camus se dejaba hacer, presa de una emoción hasta entonces desconocida, una emoción que le hacía pensar que el paraíso terrenal existía.
No supo porqué, pero dejó que sus manos viajaran hasta el tostado rostro de su compañero. Milo besó sus palmas.
--- Abre los ojos… --- le susurró al oído, Camus dudó en aceptar dicha invitación, más terminó por hacerlo. Dejó que las rojizas pestañas abanicaran el rostro de Milo, se maravilló con la cercanía de ese ser que había idealizado.
--- Quiero hacer el amor contigo… --- dijo sin pensar, simplemente verbalizando lo que deseaba en esos momentos. Milo le besó la barbilla.
--- Quiero amarte… pero… ¿seré capaz de hacerlo?--- dijo Milo mientras Camus lo abrazaba. El francés separó las piernas como indicándole con hechos lo que las palabras habían expresado. Milo no supo que hacer. ---- Yo… no siento como tú… no quiero jugar contigo.
--- Tampoco yo quiero jugar a nada contigo, solo quiero sentirte… necesito sentirte ahora. Después veremos que sucede… --- dijo mientras entrecerraba los ojos en un gesto por demás sensual. Milo sintió que su miembro punzaba y dolía de tan intensa que era su excitación. Gimió de placer al sentir los labios de Camus en su cuello, los incisivos del francés se clavaron en su piel arrancándole una maldición en un murmullo.
Se decidió, sí el chico también lo quería, no estaría tan mal hecho. No, no estaba mal mirar más allá de uno mismo, hacer algo por alguien, verse en unos ojos nuevos, verse como un ser humano en otros ojos, no era malo complacer y no ser complacido, amar al menos por un momento…
--- Dioses… --- susurró mientras se preparaba para la delicada labor de penetrar en ese cuerpo tibio y firme, amoroso a su modo, extrañamente excitante, novedoso, sensual, erótico… le besó con tanta pasión que se sorprendió de poder sentirla, nunca nadie le había causado semejante sensación, ni siquiera aquellos seres a los que había amado con locura. Buscó los fragantes labios del francés, con cierto salvajismo se hizo espacio entre esas torneadas piernas y se decidió a hacerlo. Miró fijamente a los ojos a Camus, el francés se sorprendió de ese matiz salvaje que campeaba en las chispeantes pupilas azules del griego. --- Me has vuelto completamente loco… --- masculló mientras se sentía al interior de ese cuerpo… su amante no respondió con palabras sino con una ondulación de caderas que alentó al griego a proseguir.
Pronto se vieron inmersos en una frenética danza plagada de ondulaciones placenteras, Milo gimió hasta quedarse sin voz, en tanto que Camus simplemente le besaba con pasión, una pasión rayana en lo indecible, en lo inefable, en lo primitivo…
El blanco néctar abandonó sus cuerpos, se quedaron quietos, unidos de una manera que solo ellos podían entender…
--- Respóndeme Camus… ¿deseas que me quede a tu lado? --- dijo el rubio mientras su sudorosa frente quedaba apoyada en el húmedo pecho de Camus.
--- Sí…
--- Sí me quedo, será para siempre… no voy a dejarte ir porque no hay nadie en el mundo capaz de darme lo que tú me has dado, en estas horas juntos me has dado más que otros en años y años…
--- ¿Qué te he dado además de mi persona?
--- Pasión…lo único que jamás pude comprar… despertaste la pasión de la que creí carecer…
--- Quédate conmigo….
--- Hasta el fin del tiempo… ---- dijo el griego para luego besarlo con pasión, por primera vez en años sentía que algo bullían en su interior, que estaba realmente vivo, no dejaría ir esa sensación, esa emoción que le había sentir deseos de volver a vivir, de entregarse plenamente, esa sensación única que solo había despertado en los brazos de un hombre, de ese hombre que le miraba con ternura, con una emoción indescriptible, indescifrable pero intensa.
--- ¿El trabajo no se lo permite?
--- Mi padre murió hace un par de años, mi madre trabaja demasiado, y no hay mucha gente que disfrute del placer de un buen café como es debido.
--- ¿Y crees que yo si voy a disfrutarlo?
--- Tengo la sospecha de que así será. --- dijo Milo sonriendo.
--- ¿Qué hacías en el cementerio? --- dijo Camus cuando ya estaban sentados en la barra.
--- Buena pregunta…. Quizá alguien más no la hubiera hecho… --- dijo Milo con una sonrisa misteriosa.
--- Sí no quieres decirme, esta bien. --- dijo Camus clavando el rostro en la carta --- Después de todo, a penas nos conocimos hoy.
--- Eso no es obstáculo para confiar en alguien. --- dijo el rubio mientras llamaba al mesero. Camus lo miró con detenimiento, definitivamente no era como lo había imaginado… era mejor. --- ¿Qué hacía en el cementerio? Te diré que ni yo mismo lo sabía, lo cierto es que siempre que me deprimo termino ahí, no sé porque, es decir, no es el mejor lugar para hallar ánimos, después de todo es un cementerio. ¿Qué clase de motivación podría hallarse en un lugar semejante? Pero conmigo funciona, y funciona muy bien.
--- Todos tenemos nuestras rarezas.
--- Cierto. --- susurró Milo mientras contemplaba con gesto cansado la taza de humeante café que el mesero había puesto frente a él.
--- No creí que fueras así.
--- ¿Así? ¿Así cómo?
--- Tan normal.
--- Créeme, soy de todo menos normal. --- dijo Milo llevándose la taza a los labios. --- La vida me ha enseñado que soy demasiado inestable para ser normal.
--- ¿Inestable?
--- Si, nunca sostengo por mucho tiempo algo…
--- Tal vez porque no has encontrado ese algo que no querrás soltar.
Bebieron café hasta que oscureció, Milo se sentía cada vez más y más cercano a ese joven de largos cabellos rojos, Camus por su parte, estaba fascinado por la personalidad abierta y descarada del griego. Definitivamente era más de lo que podía imaginarse con solo verlo.
Milo se ofreció a acompañarlo a su departamento, Camus no pudo negarse, Milo le tenía hipnotizado.
Llegaron al pequeño departamento del francés helados, la temperatura había descendido notablemente.
--- Dioses... este invierno si que esta siendo duro. – dijo Milo frotándose las manos. Camus lo miro y sin saber porque se sonrió.
--- Voy a encender la chimenea.
---Te ayudo, así será más rápido. --- dijo adelantándose al francés. Camus contempló la varonil silueta de su nuevo amigo. Milo no era nada semejante a la idea que se había formado de él, no era nada de lo que le habían dicho, era bastante peculiar, cierto, pero esa peculiaridad definitivamente le agradaba. --- Me estoy congelando, ¿sabes?
--- Voy a preparar chocolate, ¿te apetece un poco?
--- Si, claro. --- la tensión entre ellos era evidente, Camus no podía manejar correctamente el hecho de que el ser que definía como lo más sensual que sus ojos hubieran visto estaba en su departamento.
Para cuando volvió a la improvisada sala, Milo ya se hallaba descalzo y hojeando un libro de su biblioteca, los rubios cabellos del griego destellaban cual hilos de oro bajo la luz artificial.
--- Anais Nin… --- susurró Milo con una sonrisa seductora en aquellos labios jugosos.
--- Si... bueno yo… sus novelas son buenas.
--- Literatura erótica, bastante buena por cierto. ---- dijo el griego --- Me gusta... “Sus brazos me rodearon. Vacilé. Me atormentaba un torbellino de sentimientos, deseaba su boca, pero tenía miedo, sentía que estaba por besar a un hermano, pero estaba tentada... aterrada y excitada. Estaba tensa. Sonrió y abrió la boca. Nos besamos, y ese beso desató en mí una ola de deseo. Estaba tendida a través de su cuerpo y con mi pecho sentí su deseo, duro, palpitante. Otro beso. Más terror que placer. El placer de algo innombrable, oscuro. Él, tan hermoso: divino y femenino, seductor y cincelado, duro y suave. Una pasión dura…” --- leyó el griego con voz profunda y sensual. Camus se estremeció al escucharlo, no tenía modo de expresar lo que sentía.
Se miraron, Milo percibió la excitación del otro y quiso seguir el juego, no había mucho que perder, ni tampoco mucho que ganar, una experiencia más, una experiencia menos, se dijo.
Con andar pausado y casi felino se dirigió a ese muchacho de largos cabellos rojos. Cerró el libro y lo dejó caer sobre una silla cercana.
Camus lo miraba como si aquello fuera irreal, como si fuera parte de una película, de algo que solo en sus más eróticos sueños iba a suceder. Emitió una expresión de sorpresa cuando sin más los labios de Milo fueron a posarse en los suyos.
--- Tus labios saben a fresas… --- susurró el griego mientras enterraba el rostro en la fragante cabellera del otro. Cuidadosamente le retiró las tazas que portaba de las manos y las colocó en la cercana mesa. Camus no sabía de sí, solo sabía de esas manos que ascendían por su espalda, de esos labios que le acariciaban el cuello con húmedos y ansiosos besos, del aroma de esa piel, de ese masculino y salvaje ser que en esos momentos le tendía sobre la raída alfombra que se hallaba frente a su decrépita chimenea.
Milo había perdido por completo el buen juicio, la voz de la conciencia había ido a parar en brazos de Morfeo mientras Eros campeaba feliz a su alrededor. El bendito Eros… por instantes juro que Eros yacía debajo de él gimiendo apagadamente, aferrando esa alfombra vieja y polvorienta, cerrando los ojos y mordiéndose los labios mientras sus manos liberaban esa piel cremosa de su escondite de tela.
Camus no quería abrir los ojos y despertar de ese placentero sueño que le generaba tales sensaciones. Su desnudez quedó expuesta ante el griego que permanecía arrodillado ante él como si fuera a adorarle. Milo se tomó su tiempo para continuar con la exploración de ese paraíso recién descubierto. Mientras se desnudaba, la idea de llevar aquello hasta sus últimas consecuencias no le abandonaba. Se tendió desnudo sobre el francés.
La sensación de su miembro endurecido contra el de ese delicado muchacho le hizo enloquecer de placer, gimió quedo mientras se frotaba suavemente contra la hombría de su compañero. No concebía placer mayor que aquel. Camus se dejaba hacer, presa de una emoción hasta entonces desconocida, una emoción que le hacía pensar que el paraíso terrenal existía.
No supo porqué, pero dejó que sus manos viajaran hasta el tostado rostro de su compañero. Milo besó sus palmas.
--- Abre los ojos… --- le susurró al oído, Camus dudó en aceptar dicha invitación, más terminó por hacerlo. Dejó que las rojizas pestañas abanicaran el rostro de Milo, se maravilló con la cercanía de ese ser que había idealizado.
--- Quiero hacer el amor contigo… --- dijo sin pensar, simplemente verbalizando lo que deseaba en esos momentos. Milo le besó la barbilla.
--- Quiero amarte… pero… ¿seré capaz de hacerlo?--- dijo Milo mientras Camus lo abrazaba. El francés separó las piernas como indicándole con hechos lo que las palabras habían expresado. Milo no supo que hacer. ---- Yo… no siento como tú… no quiero jugar contigo.
--- Tampoco yo quiero jugar a nada contigo, solo quiero sentirte… necesito sentirte ahora. Después veremos que sucede… --- dijo mientras entrecerraba los ojos en un gesto por demás sensual. Milo sintió que su miembro punzaba y dolía de tan intensa que era su excitación. Gimió de placer al sentir los labios de Camus en su cuello, los incisivos del francés se clavaron en su piel arrancándole una maldición en un murmullo.
Se decidió, sí el chico también lo quería, no estaría tan mal hecho. No, no estaba mal mirar más allá de uno mismo, hacer algo por alguien, verse en unos ojos nuevos, verse como un ser humano en otros ojos, no era malo complacer y no ser complacido, amar al menos por un momento…
--- Dioses… --- susurró mientras se preparaba para la delicada labor de penetrar en ese cuerpo tibio y firme, amoroso a su modo, extrañamente excitante, novedoso, sensual, erótico… le besó con tanta pasión que se sorprendió de poder sentirla, nunca nadie le había causado semejante sensación, ni siquiera aquellos seres a los que había amado con locura. Buscó los fragantes labios del francés, con cierto salvajismo se hizo espacio entre esas torneadas piernas y se decidió a hacerlo. Miró fijamente a los ojos a Camus, el francés se sorprendió de ese matiz salvaje que campeaba en las chispeantes pupilas azules del griego. --- Me has vuelto completamente loco… --- masculló mientras se sentía al interior de ese cuerpo… su amante no respondió con palabras sino con una ondulación de caderas que alentó al griego a proseguir.
Pronto se vieron inmersos en una frenética danza plagada de ondulaciones placenteras, Milo gimió hasta quedarse sin voz, en tanto que Camus simplemente le besaba con pasión, una pasión rayana en lo indecible, en lo inefable, en lo primitivo…
El blanco néctar abandonó sus cuerpos, se quedaron quietos, unidos de una manera que solo ellos podían entender…
--- Respóndeme Camus… ¿deseas que me quede a tu lado? --- dijo el rubio mientras su sudorosa frente quedaba apoyada en el húmedo pecho de Camus.
--- Sí…
--- Sí me quedo, será para siempre… no voy a dejarte ir porque no hay nadie en el mundo capaz de darme lo que tú me has dado, en estas horas juntos me has dado más que otros en años y años…
--- ¿Qué te he dado además de mi persona?
--- Pasión…lo único que jamás pude comprar… despertaste la pasión de la que creí carecer…
--- Quédate conmigo….
--- Hasta el fin del tiempo… ---- dijo el griego para luego besarlo con pasión, por primera vez en años sentía que algo bullían en su interior, que estaba realmente vivo, no dejaría ir esa sensación, esa emoción que le había sentir deseos de volver a vivir, de entregarse plenamente, esa sensación única que solo había despertado en los brazos de un hombre, de ese hombre que le miraba con ternura, con una emoción indescriptible, indescifrable pero intensa.
Re: PÉRE LACHAISE >SLGF<
Hola me ha encantado tu shot es muy bueno, valla con el bicho que al final se dejo seducir por aquella pasion encontrada en el copo...jajajaja XD amo esta pareja y me encanto este fic, me gusta como escribes ya te habia leido un fic en amor-yaoi que no recuerdo el nombre pero me gusto musho, en fin nos vemos bye...
Umi
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Re: PÉRE LACHAISE >SLGF<

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Re: PÉRE LACHAISE >SLGF<

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